“Primero pienso, luego existo”… 

Quién no ha maldecido alguna vez por tener una condición distinta al “resto”… Quién no se ha hecho la pregunta del por qué las cosas se dieron así. Estoy más que seguro que el 99.95% de la población con alguna discapacidad se ha hecho una pregunta existencial en algún momento de su vida: “¿por qué soy así?”… “¿por qué Dios me hizo así?”… “¿será un castigo Divino?”. En más de una ocasión ha pasado que nos vemos enfrentados a estas preguntas y a veces esperamos por una respuesta que no llega al instante. Para poder entender y luego aceptar tenemos primero que pasar por un proceso lento, y en muchas ocasiones, hasta doloroso. No importa cuál sea la condición física o mental de la persona, todos estamos sujetos a transitar por un camino oscuro que por lo general conlleva años antes de ver la luz. 

En mi caso en particular, el tener una discapacidad/“capacidad distinta” no era un tema muy relevante en mi vida hasta que me vi consciente de ella. Sabía por supuesto que era “diferente” al resto porque no me movilizaba como el resto de mis pares. Sin embargo, a pesar de eso, yo era aceptado por mis pares que crecieron viéndome como a uno más. Los problemas vinieron años más tarde cuando alcancé la adolescencia: me fui dando cuenta que no solamente no podía caminar correctamente, sino que hablaba y me expresa de forma distinta también. No me gustaba escucharme ni cómo sonaba mi voz. Yo no me daba cuenta porque pensaba que hablaba sin ningún problema pero paulatinamente me fui dando cuenta de esos pequeños detalles que después gatillaron en un cuestionamiento. Fue en ese momento que empezó un camino hacia el interior de mi ser. Por primera vez en mi vida me estaba cuestionando la naturaleza de mi existencia y su propósito. 

De cierto modo me sentía solo en mi entorno. A pesar de que tenía a mis padres cerca, sentía que no había nadie quién me pudiese entender. En ese entonces estábamos recién llegados a los Estados Unidos y me habían hecho una operación que ayudaría a corregir un problema en mis piernas que en Chile no se pudo llevar a cabo. Me sentía solo también porque sabía poco inglés y no me podía comunicar con nadie que no hablara mi idioma natal… Además no era una persona que saliera a conocer gente y más por la aprensión, sumado a la convalecencia en la que me encontraba, no tenía muchas opciones disponibles. Cuando ya me sentía mejor (que fue después de casi un año completo), por fin tuve la opción de retomar mi vida hasta donde yo la entendía.

Sin embargo, por motivos que explicaré en otro momento, me costó salir del agujero en el que me estaba metiendo sin ni siquiera percatarme. En cambio, me dejé arrastrar por la soledad y conocí una parte de mí que sabía que se encontraba allí pero que recién a los 14/15 años se estaba mostrando cómo algo existente. Hay que tomar en cuenta que en ese periodo entre el año 2000 al 2007 más o menos, no existían las redes sociales y cuando proliferaron eran incipientes. No había masividad de teléfonos inteligentes y el contacto todavía era cara a cara. Esto dio paso a que yo pudiera conectarme con el “yo” interno y explorar más en mí mismo. Se creó la instancia para hacerme todas las preguntas que nunca antes se me habían ocurrido y tenía el tiempo necesario para explorar cada duda de mis inquietudes. 

Gracias a este periodo de auto-descubrimiento tuve la oportunidad de leer todos los libros de espiritualidad que pudiese hallar y se empezó a formar un entendimiento profundo. Comencé a contemplar la vida de otra manera y sentía de pronto que todas las cosas cobraban un sentido más especial. Este viaje hacia el interior no estuvo exento de obstáculos porque, si bien es cierto me era innato acceder a esta otra realidad y de comprenderla, también tenía que lidiar con el exterior (el entorno) y éste se comportaba de forma hostil. Cuando trataba de compartir mis experiencias con otras personas, me encontraba con una pared de concreto. Mi manera de pensar y de sentir no se condecía con el modo que se conducía el resto de las personas. Cada uno de ellos pertenecía a su grupo particular, mientras que yo no pertenecía a ninguno. Una cosa fue adoptar un pensamiento distinto y otro era ser un adolescente con un impedimento psico-motoro. En otra publicación explicaré con más detalles específicamente en qué consiste mi condición y qué áreas son afectadas. Pero ya pueden haber adivinado que tiene que ver con el cerebro. 

Para terminar, quisiera decir que no fue fácil transitar el camino que me tocó recorrer; pero si no hubiera sido por ello, hoy en día no podría reflexionar sobre la transformación que tuve. Si en un principio la experiencia fue agridulce, esta vivencia me dio la oportunidad de conectarme y empatizar con personas a un nivel muy profundo. Todo lo vivido, incluyendo los malos ratos de mi vida, me han servido para darme cuenta de quién en verdad soy y me siento con el pleno derecho de ayudar a otros a encontrar su propio camino y propósito. ¿Qué opinan de lo que me tocó vivir? ¿Fue necesario? ¿Valió la pena?

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